TTC era una consultora especializada en ofrecer apoyo técnico y estratégico a arquitectos, ingenieros y empresas constructoras. La identidad debía transmitir rigor, precisión y profesionalidad sin recurrir a los recursos gráficos habituales del sector: edificios, herramientas, cascos o estructuras.
El reto consistía en construir una identidad capaz de expresar los valores de la arquitectura y la construcción desde el propio lenguaje del diseño.
La propuesta parte de un principio muy sencillo: la identidad debía construirse, no representar la construcción.
El logotipo se convierte en el punto de partida de todas las composiciones. Situado siempre en la esquina inferior izquierda y manteniendo un tamaño constante de 10 mm, actúa como la primera piedra sobre la que se organiza todo el sistema gráfico.
La elección de esa medida no fue casual. El logotipo deja de ser únicamente un identificador para convertirse en una unidad de medida capaz de ordenar márgenes, alineaciones, proporciones y distancias. A partir de ese módulo se desarrolla una estructura coherente que se adapta a cualquier formato sin perder su identidad.
Con los años he descubierto que aquella forma de proyectar conectaba, casi de manera intuitiva, con una tradición compartida por la arquitectura y el diseño moderno. Desde el Modulor de Le Corbusier hasta las retículas de la Escuela Suiza de Josef Müller-Brockmann, una misma idea recorre estos planteamientos: una medida constante puede convertirse en la estructura que da orden y coherencia a todo un sistema.
El espacio adquiere entonces un papel protagonista. Los grandes blancos no responden únicamente a una decisión estética; generan ritmo, equilibrio y tensión entre los elementos. La construcción deja de entenderse como un motivo gráfico para convertirse en una forma de organizar el espacio.
Construccion de la retícula de TTC.
El sistema se completa con Myriad, una tipografía humanista diseñada por Robert Slimbach y Carol Twombly para Adobe.
Su elección respondía a la búsqueda de una tipografía contemporánea, clara y de excelente legibilidad, heredera de la tradición iniciada por Adrian Frutiger en el diseño de señalización para el aeropuerto Charles de Gaulle. Frente a la geometría estricta del símbolo —construido mediante líneas rectas y arcos de circunferencia—, Myriad aporta una lectura más abierta y natural, estableciendo un equilibrio entre precisión técnica y cercanía.
La identidad nace precisamente de ese contraste: un símbolo construido con la lógica de la geometría y una tipografía pensada para facilitar la lectura.
Más que diseñar un logotipo, el proyecto plantea un sistema gráfico basado en la proporción, el orden y la permanencia.
La repetición del mismo módulo en papelería, publicaciones, soportes editoriales y señalización convierte cada aplicación en una variación de un mismo lenguaje visual. El logotipo mantiene siempre la misma presencia, independientemente del tamaño del soporte, reforzando la idea de que es el sistema quien se adapta al formato y no al contrario.
Más de dos décadas después, sigo encontrando en este proyecto una forma de entender el diseño que continúa acompañando mi trabajo: confiar menos en la representación y más en la capacidad de la composición, la proporción y el espacio para comunicar una idea.





TTC era una consultora especializada en ofrecer apoyo técnico y estratégico a arquitectos, ingenieros y empresas constructoras. La identidad debía transmitir rigor, precisión y profesionalidad sin recurrir a los recursos gráficos habituales del sector: edificios, herramientas, cascos o estructuras.
El reto consistía en construir una identidad capaz de expresar los valores de la arquitectura y la construcción desde el propio lenguaje del diseño.
La propuesta parte de un principio muy sencillo: la identidad debía construirse, no representar la construcción.
El logotipo se convierte en el punto de partida de todas las composiciones. Situado siempre en la esquina inferior izquierda y manteniendo un tamaño constante de 10 mm, actúa como la primera piedra sobre la que se organiza todo el sistema gráfico.
La elección de esa medida no fue casual. El logotipo deja de ser únicamente un identificador para convertirse en una unidad de medida capaz de ordenar márgenes, alineaciones, proporciones y distancias. A partir de ese módulo se desarrolla una estructura coherente que se adapta a cualquier formato sin perder su identidad.
Con los años he descubierto que aquella forma de proyectar conectaba, casi de manera intuitiva, con una tradición compartida por la arquitectura y el diseño moderno. Desde el Modulor de Le Corbusier hasta las retículas de la Escuela Suiza de Josef Müller-Brockmann, una misma idea recorre estos planteamientos: una medida constante puede convertirse en la estructura que da orden y coherencia a todo un sistema.
El espacio adquiere entonces un papel protagonista. Los grandes blancos no responden únicamente a una decisión estética; generan ritmo, equilibrio y tensión entre los elementos. La construcción deja de entenderse como un motivo gráfico para convertirse en una forma de organizar el espacio.
Construccion de la retícula de TTC.
El sistema se completa con Myriad, una tipografía humanista diseñada por Robert Slimbach y Carol Twombly para Adobe.
Su elección respondía a la búsqueda de una tipografía contemporánea, clara y de excelente legibilidad, heredera de la tradición iniciada por Adrian Frutiger en el diseño de señalización para el aeropuerto Charles de Gaulle. Frente a la geometría estricta del símbolo —construido mediante líneas rectas y arcos de circunferencia—, Myriad aporta una lectura más abierta y natural, estableciendo un equilibrio entre precisión técnica y cercanía.
La identidad nace precisamente de ese contraste: un símbolo construido con la lógica de la geometría y una tipografía pensada para facilitar la lectura.
Más que diseñar un logotipo, el proyecto plantea un sistema gráfico basado en la proporción, el orden y la permanencia.
La repetición del mismo módulo en papelería, publicaciones, soportes editoriales y señalización convierte cada aplicación en una variación de un mismo lenguaje visual. El logotipo mantiene siempre la misma presencia, independientemente del tamaño del soporte, reforzando la idea de que es el sistema quien se adapta al formato y no al contrario.
Más de dos décadas después, sigo encontrando en este proyecto una forma de entender el diseño que continúa acompañando mi trabajo: confiar menos en la representación y más en la capacidad de la composición, la proporción y el espacio para comunicar una idea.




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